Historia, filosofía y misión

Historia de la escuela
El Castillo Mágico nace en 2019 como primer centro bilingüe de educación infantil cuyo proyecto educativo se basa en las artes. De modo que la música y la voz cantada se emplean a modo de lenguaje no verbal habitual. Así, ofrece una alternativa a las escuelas convencionales para niños de 0 a 3 años. También, se dirige a familias que buscan un segundo hogar en el que los niños sean acompañados de forma creativa, respetuosa y amable. Posteriormente, ha ido evolucionando hasta incorporar estudiantes de 3 a 6 años. Más tarde, de 6 a 16 años en su reciente proyecto de colegio internacional Sevilla Reggio Emilia School.  El Castillo Mágico es una escuela maravillosa, lo que hace complicado encontrar después otro centro que guste tanto. Por eso sus pensadores, las familias y los niños han ido creciendo juntos.
 

En cuanto a la filosofía de escuela, se puede destacar que El Castillo Mágico basa su propuesta educativa en la metáfora de los cien lenguajes del niño. Esta idea pertenece a la pedagogía Reggio Emilia, la cual facilita que los niños descubran sus talentos. Al ofrecer gran diversidad de formas de comunicar una misma realidad, cada niño desarrolla sus destrezas a su ritmo y descubre aquello que realmente le motiva a seguir aprendiendo, haciendo y viviendo. Todo esto se consigue a través del lenguaje del barro, del dibujo, de la pintura, de la música, de la escultura, de la naturaleza, del cuerpo, de las lenguas española e inglesa, de las matemáticas… Asombro, curiosidad, aprendizaje y comunicación en la totalidad del concepto son las claves de esta escuela. Que cuenta con educadores-artistas en todas sus sedes.

Filosofia escuela

Otro de los aspectos que caracteriza a esta escuela es la pedagogía de la escucha. Que alude a un modo atento y sensible de entender la crianza. Además, supone una comunicación fluida entre familias, escuela, cultura y ciudad. La escucha se refiere a conectar profundamente con lo que ocurre en uno mismo, en el otro y en el entorno en ese instante, a través de los sentidos. De modo que los niños son observados y acompañados en sus propios procesos dentro de un ambiente de libertad supervisada, identificando aspectos espontáneos de gran riqueza y valor pedagógico que de otro modo pasarían desapercibidos.

Para que esto sea posible, la escuela camina lentamente, dando espacio suficiente a cada experiencia, a cada proceso. Asimismo, cuando me escucho, percibo qué ocurre en mí: ¿Cómo me siento? ¿Qué necesito? ¿Cómo puedo resolver obstáculos? Desde esa vinculación con nuestra realidad emocional, podemos estar a la escucha del otro: ¿Cómo se siente? ¿Qué necesita? ¿En qué medida puedo aportar para ayudarle a resolver adversidades? Por tanto, se trata de una pedagogía al servicio de la vida. La realidad que tiene lugar ahora mismo en el entorno próximo. Con su luz, su sombra, en su plenitud absoluta y misteriosa y con lo que trae en ese momento.

En otro orden de cosas, destacan el compromiso y la responsabilidad, fomentando valores que doten de herramientas para vivir de forma sana y plena. Incluyendo el respeto, la empatía, la autonomía, la tolerancia, la confianza, la responsabilidad, el esfuerzo, la comunicación y la resolución. La infancia precisa confiar en que el mundo es bueno para poder vivir con salud, plenitud y armonía. La belleza atrae a la belleza y contribuye a una sociedad mejor, amable y sensible.